LAGRIMAS DE ROJO NIEBLA

Premio Villa de Martorell, 1989

Constituye su primer libro de Poesías publicado, pero no el primero que escribe. Publicado en Seuba Ediciones, Septiembre de 1990.

 

Acepta mi mano

A Rebeca

 

Esta es mi mano.

 

Quizá cuando los rostros

afirmen su perfume en los cristales...

 

¡Qué fina cae la lluvia!

(Desde el fondo de la calle,

o del cuadro,

vienen las estudiantes con los libros sobre la cabeza.)

 

Mi mano está aquí. Siéntela,

estréchala entre tus pechos

como si fuese un pájaro de bronce

en la estancia sonora de tu corazón.

Silenciamos tantos secretos en la mirada...

 

A veces me pesa que seas de carne.

 

Demasiada luna para esta noche de promesas,

para esta orilla que alberga el regreso de las olas.

Pero, ¡oh Dios!, no llores ahora,

piensa en tu paloma...

Esta es mi mano.

 

Nunca imaginé el daño que te he causado,

pero el amor es un navío a la deriva que busca

las aguas tranquilas de la madrugada...

y yo he invadido tu vida con fuego en las manos.

 

Olvido que no nos queda nada en el alma.

En los renglones de tus ecos húmedos

titilan frases que se pierden como el humo.

¡Animo!

Mi mano sigue alzada hacia ti.

 

Pero no llores ahora.

El casero nos fiará una semana más

y mis poemas verán la luz sobre tus huellas.

 

Llueve con furia

(en un portal, las estudiantes, enhebran sonrisas)

y las sombras se difuminan sobre la noche apremiante.

A menudo te hallo distante, lejana

a la seda que te recubre,

 

como si hubieses perdido el tono arrebolado

que dibuja en tu espalda el axioma de la tierra.

Esta es mi mano.

Resucítala.

 

Amar es olvidar los errores, comprender

que no somos una estatua perdurable,

pedir con humildad la certeza de una caricia

o entregar más de lo que pudiera darse.

 

No llores cuando digo que te amo.

La tristeza contagia de rojo los contornos de mi boca

y la retina estalla tres veces como lágrima.

Piensa en tu paloma.

Vuela tan alto...

Mi mano ya no puede alcanzarla.


MEMORIA DEL OLVIDO

Sugerente alegato a la "mili", acercamiento a una relidad poética, sincera y de acontecimientos precisos. Publicado en Seuba Ediciones, Marzo de 1992.

 

Cómplice de lo oscuro

 

Anochecía con la trascendencia de la muerte,

con la pobre derrota del sol

ajeno a las horas transcurridas en la biblioteca,

rodeado de apuntes y cuadernos, de versos

hostigados por la ceniza de los días perdidos,

por la cena de fin de año en los comedores

de un cuartel asediado por el fracaso de sus hombres,

derrotados por un alcohol mestizo

que alardea de negar sus sólidos triunfos.

Treinta y uno de diciembre. Jamás

tantos hombres estuvieron tan solos. Escribo

para olvidarme de la condena, de las lágrimas

que libraré cuando telefoneen mis padres,

de la rabia que habita mi garganta de fuego.

Escribo sin fijarme en las palabras, en los tragos

que encajo sin esfuerzo, en la última oración

que roza, lesa, la bruma de los labios.

 

 


LOS NUEVOS POETAS 

Algo más que un libro; Una ventana abierta para contemplar un panorama abierto, nutrido de realidades culturales de nuestra literatura más prometedora y activa. Publicado en Seuba Ediciones, Septiembre de 1994.

 

Fruto de Barro

 

Desconozco cómo fueron tejidas mis horas.

También ignoro para qué fueron tejidas.

Sin embargo aprendí a nutrirme de barro

y a fraguarme en la oscuridad de lobo y de ceniza

que siempre nos desvela.

Quise salvarme en la memoria de un día que no existe

pero que reza en todos los documentos

que verifican la certeza de mi existencia,

líneas de un libro grueso de registro

que narran mi identidad de sangre y alfabeto, rubricada

por los rasgos azules de un sello oficial y antiguo.

Pero la vida nos es papel de archivo

ni moneda de cambio.

La vida es el fruto de barro que la sangre arrastra

entre lluvias de otoño y soles de domingo,

entre risas de hierba y torvas bofetadas,

con el amargo luto que destila

el hallazgo de las huellas de la muerte.

Al fin, en verdad, nada nos diferencia

en esa hora temida desde siempre; nada

salvo el modo de aceptar la tarjeta de embarque,

las líneas que el barro forja sin errar su teoría

y el silencio que se condensa en la boca

como alcohol de quemar.

Llueve. Es de noche en Florencia.

Tú duermes ajena a mi dolor y a mi tregua. Tú

que posees el don de engendrar vida,

 de tornear en tu vientre un pacto de amor, el sello

que únicamente la fusión de los cuerpos despierta.

Desconozco para qué fueron tejidas mis horas.

Quizá tú poseas la respuesta.

Es de noche. Llueve en Florencia. Aquí estoy

y esto escribo.

 

 

 


CÓDIGO PRIVADO

Impreso en Grafiper, de Málaga, bajo el cuidado de Rafael Alcalá, terminándose en  Abril de 1996.

 

Plenitud

 

Cuando despiertes a mi lado, cuando descubras

-¡oh dulce joven, novia mía!-

la luminosidad que brinda un nuevo rostro,

gozarás de una íntima pasión, de un cálido afecto

que alarga el recuerdo de la pasada noche

y ofrece una honda calma de amor correspondido.

Amanecerás cumplida de una extraña fortaleza,

en carnal desenlace, con la boca tibia

al pronunciar mi nombre desde la raíz del sueño.

Darás doble vuelta a la llave de este cuarto apetecible,

suave y seductora, decidida, dotada

de esa ebriedad tenue que rige las pautas

del encuentro de las manos bajo las sábanas, confidencia

que aleja el pudor y otorga

una sobrada herencia de besos infinitos, soles

que arden con la piel anclada

en la bahía de las promesas.

Cuando despiertes apoyada en mi torso

(aún amparada por los vigías del sueño)

retomarás la mano que jura defenderte,

bendecirás la dicha que roza la curva de tus hombros,

la respiración correspondida, la luz de celofán

que abre el capítulo de un nuevo día.

 


LA CIUDAD DEL AGUA

Premio Elvira Castañón, 1997

 

Señala Jordi Doce en el prólogo que "La Venecia de esta obra es una metáfora de la existencia del poeta, pasado, presente y deseo, en un solo ámbito cerrado: el paisaje de su imaginación poética". 

Publicado en Seuba Ediciones, Noviembre de 1997.

 

Residenza

 

Las puertas de esta cámara no esperan

más huéspedes para esta noche sin aldabas,

en un hotel de época, en un país lejano

pero próximo a este idioma que evoco

cuando regreso a tu cuerpo, libre y extraviado

como el turista que equivoca los horarios para perderse

entre las calles y fachadas de una ciudad íntima;

o en el reflejo de unos ojos oscuros, de una mirada

que encierra mi soledad y mi anhelo

en una bahía de aguas intranquilas y cálido peligro.

Un cielo tupido de nubes abarca, sin contrastes,

este encuentro de amantes entregados, de copas de vino

apuradas hasta sus últimas esquinas.

Aprendo, con torpeza, el arte sensual

de deslizar las medias hasta los tobillos

sin apartar mi vista de tu sonrisa turbadora; ebrio

de una antigua razón de existencia. Hueles

a mar o a flor de azahar flotando sobre el agua.

Mi boca implora el licor afrutado de tu juventud,

la tersa osadía de tus senos enhiestos,

el borde firme de tu cadera anacarada

donde embarranco mi recia sed de vida.

Abro despacio este ritual

de manos recorriendo la geografía del cielo

o la cordillera turgente de la carne.

Mujer, en esta noche no existe más lugar en la tierra

que esta ciudad, que este hotel, que esta cámara

donde el fuego cabalga sobre el agua.

 


LOS CABALLOS DE MAR NO TIENEN ALAS

Premio de Poesía "Villa de Benasque, 1999

 

Juan Pastor, Editor. Marzo de 2000.

 

La luna caerá

Srebenica no llora ni amanece. Juan Manuel Onega

 

Los tejados lloran torvas lágrimas de hielo.

El invierno ha llegado. El fantasma del frío

regresa para reinar entre las ruinas

de una ciudad saqueada por los ángeles del miedo.

Tras los muros desolados el hambre

es un alfabeto de escasas letras

y demasiados silencios. Una madre

mece, en un portal bronco y oscuro,

el tesoro de su excesa locura,

encanecida y sola, con la mirada yéndose

entre las grietas insomnes de las sucias paredes.

Soledad de pozo en cada rostro anónimo

que apura los talismanes de la vida

en largas colas de interminable espera

para comprar una hogaza de pan

o encontrar la muerte con la brevedad

que atesora en su pulso la metralla.

 

Los tejados lloran con la sobria estela gris de los muertos.

                 El vino tinto es buen compañero de viaje

para ir a ningún sitio

por la senda equivocada de los nombres rotos;

más que nunca en este invierno,

bajo la nieve que anuncia

la escena transparente de la desolación.

  

 ¿Qué verdugo puede justificarse a sí mismo?

¿Qué mano podrá declararse inocente después del disparo

si la sangre envenenada de pólvora salpica sus dedos

y otra mano se abre al mar de la muerte?

 

Las bombas silban su trágica canción de fuego raso

y la ceniza de los árboles, las rosas y las casas

se filtra por los poros de la carne

y se aferra al hueso, a la médula, a lo más interno

que un hombre puede poseer después de todo.

Entre los escombros de la vieja farmacia

los niños juegan a la guerrilla, disparan con rabia,

más allá del simple juego, muy cerca del horror,

aprendices de una ley que ellos no impusieron.

 

Así la noche regresa a la ciudad sitiada. Así la tierra

se entrega al desconcierto sin sosiego

de un corazón helado entre las flores;

al llanto que siempre será el mismo;

al tiempo detenido en un presente que escuece

más que la sal en la sangre; el baile de dos niñas

abrazadas en una fiesta sin sonrisas;

el balanceo de una madre joven que amamanta

el abismo del hielo y del vacío.

 

Alguien, desde el hueco fantasmal

de una ventana sin ventana,

desde la oscura clandestinidad

de su existencia, sabe

que esa noche de cielo áspero y maldito

la luna caerá.


SPELUGGES

Palabras Mayores (Poesía)

Editorial Alhulia,s.l. Febrero de, 2002

 

Can Vidalet

(barrio de la infancia)

 

En las cuerdas de la ropa lavada ondeaban,

como estandartes de tropas anónimas,

las camisas azules de las fábricas,

las vestimentas de pobres actores

en una obra de saldo

que cada mes cerraba sus puertas a la penuria

saldando las antiguas fianzas y las deudas

contraídas para acallar las bocas que sollozan

bajo la manta más gris que acuna el invierno.

 

Los portales fueron la escuela de la vida. Allí

explicábamos el sabor del chocolate,

contábamos nuestras primeras mentiras o preguntábamos

por qué las niñas lo tenían diferente.

No sabíamos cómo entraban las luciérnagas en las bombillas

ni adónde iban las nubes a vestirse de algodón.

Aún así, todo era fascinante y sencillo.

El mundo eran ocho o diez calles

conocidas como la palma de nuestra mano

o las estrechas sombras de nuestro cuarto;

las fachadas, ahítas de grietas, se sucedían monótonas,

las tiendas eran pequeñas y con rótulos pintados a mano.

Detrás de las puertas, siempre abiertas de par en par,

quizá, algún día, viésemos

una mirada taciturna, los muebles traídos desde el sur,

las tazas humeantes de achicoria y mujeres de luto

que hablaban con voces desgarradas.

  

Todo era sencillo en nuestro paraíso íntimo.

Corríamos detrás de un balón deshinchado

con alma de caballo albardón,

con chillidos de alborozo y alegría

y el furor de los primeros años,

sin vestigios en nuestra piel inocente

de cantos de derrota o desencanto,

sin tasar a plomo en la balanza de la noche

las velas rotas del ayer.

 

Así mide mi sangre la distancia, la arquitectura

de un barrio enclavado en el corazón, la costumbre

de recalar en el origen de la historia,

el sueño de cincuenta céntimos que todavía,

con viento a favor,

regresa a mi paladar de barro seco, a los labios

apretados con fiereza al nombre de ese barrio,

a ese nombre que un día,

cuando me despida de espaldas al sol,

acunará los sueños del niño que fui,

del niño que soy.


EL GUARDIÁN DE LOS ESPEJOS

Desde una íntima sensibilidad este poemario rinde homenaje a la memoria y al paso del tiempo. Publicado en Amarú Ediciones. Abril de 2004.

 

La muerte en mis ojos

 

Una noche de invierno, al regresar de una fiesta,

vi mi rostro en el espejo y la muerte en mis ojos.

En ese instante, cuando goteaban de mis cabellos

los restos de la lluvia, cuando una sonrisa

dibujaba en mis labios los recuerdos del baile,

descubrí que una nube negra amenazaba mi sangre

y que un dolor de nieve borraba el eco de mi nombre.

Evité mirarme en el espejo y colgué

mi gabardina en el perchero. Bebí ginebra sin hielo

en un vaso alto, con el silencio a mis pies

como un perro fiel y cansado.

Abrí la ventana y el azote del viento me golpeó,

violento y despiadado, en las mejillas. De repente

no supe si mi vida -hasta ahora- podía ser llamada vida

o si este tiempo de rosas y cerezas era una tregua

que la muerte concedía como último deseo.

Ignoro cuánto tiempo permanecí callado

frente a la ventana que ofrecía, tan sólo, la negrura

de una calle estrecha y el rumor sordo

de unos pasos perdidos en la niebla.

Al final, decidido, reuní el valor necesario

para buscar mi rostro en el espejo. Un rasgo serio

me desveló el secreto de una próxima derrota

y la desesperación que lleva

a borrar con el puño de la camisa

la eterna frialdad de la muerte en los espejos.

 

 


MAR DE PRAGA

Premio Blas de Otero 2004

 

Un libro donde se mezclan vivencias y fantasía en un

homenaje a una ciudad, Praga, llena de magia

y de misterio. Publicada en la Asociación

de Escritores y Artistas Españoles.

Octubre de 2005

 

Primera noche en Praga

 

Para la primera noche cálzate las viejas sandalias del asombro.

Vístete la sombra estrecha del centinela y la sed

del emisario que agota la luz de la jornada.

Olvídate de mapas y de horarios. Un río humano

te conducirá al epicentro de la magia, al centro

de una plaza donde cada esquina ensalza

las alas barrocas del prodigio.

No importan los nombres, ni las fechas perdidas.

La memoria olvida las palabras

que no duelen como un puñal con filo azul de fuego.

Da una vuelta de trescientas sesenta grados

sobre la losa oscura del pasado. Y al detenerte

suelta el aire denso que oprime tus pulmones.

Recuerda por siempre este momento. Jamás lo olvides.

Por más veces que gires, anhelante, sobre ti mismo,

nunca más volverás a descubrir en las telas de la sangre

el juego de las luces escalando por la piedra,

ni encontrarás, cuando regreses al día siguiente,

las huellas que dejaron –rosas de carbón-

las sandalias del asombro.

 


LAS HUELLAS DEL VIENTO

Premio María del Villar 2004

 

Crónica vital del tiempo y la memoria, este poemario

atraviesa los paisajes de una ciudad, Barcelona,

para que el corazón encuentre su lugar en la tierra.

Publicado por la fundación María del Villar Berruezo.

Diciembre de 2005.

 

Carrer Tallers

 

No deseo que el tiempo me retire las cartas

ni anhelo ser héroe de papel en las terrazas mojadas.

Reconozco que soy mal actor para esta tragedia

pero necesito llenar de palabras todas mis páginas.

Al final del día siempre se desea, como mínimo,

haber sido más justo con los demás que con uno mismo,

saber que la botella de la vida está más que mediada

y el último trago de la noche no sabe a derrota.

Quizá, cuando camino por las calles antiguas,

deseo encontrar en los ojos de los demás

esas escenas de vida que no logro hallar en mí,

esa ilusión que ellos hacen suya

y los torna diferentes a mis gestos triviales.

Aprendí hace años a calzarme los hábitos de la soledad,

a ser fiel a mis acueductos de silencio,

a mis llamadas al vacío, a las paredes sin eco.

El tiempo deja en la boca un sabor de engrudo

y un acento ferroso de sangre seca;

escenas de guiñol sobre la tapia del viento

y rastros de carbón para el ausente.

Al fin no soy ni héroe ni villano,

simplemente alguien que pasa sin demasiado ruido:

las manos en los bolsillos, la mirada en la sangre,

la voz en las baldosas y una breve sonrisa

de quien aspira a sentirse satisfecho

cuando llegue al final de todas las calles.